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Historia del traje

El traje. De la uniformidad a la personalidad pasando por la extravagancia.

El traje. De la uniformidad a la personalidad pasando por la extravagancia.

La democratización de la elegancia
El origen del traje, allá por el siglo XVIII, se encuentra en el deseo de unificar. Es lo que tienen los uniformes, que “uniformizan”. Y el traje nació, precisamente, como un uniforme civil. Una pieza funcional, con la que los caballeros de las distintas épocas se han sentido cómodos y relajados, felices de usar algo que (casi) siempre les queda bien y que no compromete; y que además –esto es lo esencial- refuerza el sentimiento de integración y evita/suaviza las diferencias socioeconómicas. Todos de traje, todos iguales. Es la pura democratización de la elegancia masculina. Especialmente desde los primeros años del siglo XX, auge de la clase media y los hombres de negocios; y época en la que se consolidan las formas y los detalles del traje moderno, como la raya de plancha, las vueltas en los bajos (invento inglés para evitar la suciedad y la humedad) o los bolsillos de tapeta.

En la década de los 60/70, se empezó a vislumbrar un cambio, un toque de diversidad entre tanta uniformidad. Hasta entonces, el traje era casi exclusivo para hombres de negocios (o gansters), bodas, funerales y entrevistas de trabajo. También mujeres, por obra y gracia de Coco Chanel. Todos los trajes iguales; adaptándose a las modas de cada época, pero uniformando a hombres de toda condición (salvo un puñado de inconformistas, como el Duque de Windsor, que se saltaban las reglas con suma elegancia,). Hasta que llegaron algunos modistos revolucionarios (Sir Paul Smith, Tommy Nutter, Giorgio Armani) y el traje tradicional comenzó a cambiar. Se suavizaron las formas, se abrieron a nuevos tejidos y colores, se desprendió de la rigidez y austeridad y se convirtió en una prenda informal. Más llevable en todas las ocasiones. De repente, artistas tan poco sospechosos de tradicionales como David Bowie, Pink Floyd o los Beatles vestían de traje… y sus miles de jóvenes seguidores empezaron a reflejarse en esos espejos. El traje traspasó las fronteras del trabajo o las celebraciones para conquistar el día a día, el fin de semana, las noches. Se convirtió en una enseña, en un distintivo. Un estallido de color que supuso un soplo de aire fresco en la moda masculina y, de paso, una oportuna bofetada a los cánones estéticos que reinaban desde hacía décadas.

Por supuesto, seguía siendo también un símbolo de estatus. Una especie de señal de respeto, de seriedad, de distinción. También hoy. El hombre de negocios, el banquero, el tiburón de Wall Street o el abogado de alto standing compran sus trajes en Saville Row, donde reside la crème de la créme de los sastres masculinos. Y se dejan fortunas en mantener esa apariencia distintiva. “El primer paso para ser respetado es verse respetable”, sentencia Harvey Specter, el protagonista de la serie Suits (nombre que ya lo dice todo). Poco o nada se salen del esquema clásico, de la uniformidad, más allá de lo bien entallado que les quede el tres piezas o de la extraordinaria (y carísima) calidad del tejido. O de lo bien que lleven los tirantes al descubierto en su despacho de Wall Street. Símbolo inequívoco del ambicioso insaciable de los años ochenta, gracias a Michael Douglas y su imitadísimo Gordon Dekko. Dinero y poder.

Elegancia vs extravagancia
“Se ríen de mí porque soy diferente. Yo me río de ellos porque son todos iguales”, vuelve a sentenciar el súper abogado Harvey Specter. No es que el protagonista de Suits se distinguiera precisamente por salirse de la norma en cuestión de trajes, pero su cita nos sirve para ahondar en esto de las diferencias. ¿Y dónde están esas diferencias? No, desde luego, en la extravagancia. Los colores chillones, los tejidos llamativos, las combinaciones imposibles no son sino gritos chirriantes que salen directamente del ombligo. “¡Eh, miradme y admiradme, oh, pobres mortales. Soy tan diferente a vosotros. ¿No lo veis?”. Yves Saint Lauren, que algo sabía de esto, definía la elegancia como todo lo contrario: “La elegancia consiste en olvidarse de lo que uno lleva”, y, de paso, que también se olviden los demás. “Si la gente se vuelve a mirarte, no vas bien vestido, sino demasiado rígido, demasiado ajustado o demasiado a la moda”, en palabras del dandy por excelencia, Beau Brummel. Huir de la rigidez del traje no significa disfrazarte. A no ser que te llames David Bowie, a quien todo le sentaba estupendamente. La creatividad está bien, pero en la pasarela. Y, si acaso, en alguna alfombra roja. Si acaso.

¿Dónde está la clave de la distinción, entonces? En el detalle.
Y en la naturalidad. Sutiles salidas de tono, más allá del propio tejido. Algo tan simple como ponerte unos calcetines de color, o con motivos divertidos. El pañuelo en el bolsillo superior. Los gemelos. Ojales y botones de colores vivos. Una corbata un poco llamativa o incluso atreverse con la pajarita (cuidado, la línea entre auténtico y ridículo es muy fina). La camisa y su infinita variedad. El cordón de los zapatos. O un chaleco valiente, que puede ser tu mejor aliado para quitarle exceso de seriedad al traje. O al chaqué.

La elegancia debe ser autenticidad, sencillez, comodidad (no sólo física), personalidad. El traje adaptado al hombre, no al revés. Que represente la forma de ser de cada uno. Y que ésta esté marcada por los pequeños detalles. Como definió el propio Brummel, “conspicuosly inconspicuous” (llamativamante discreto). Una idea de elegancia que la experta en moda masculina Eugenia de la Torriente traduce como “buen gusto con una pizca de osadía”.

Esta pizca de osadía, esa personalidad llamativamente discreta es, precisamente, el concepto que ha definido a El Ganso desde su primer día; y, de modo muy especial, el servicio de tailoring de la marca, donde el propio cliente participa en el diseño de su traje, eligiendo los detalles más personales. Lo que se dice un traje a medida hasta el último detalle. Cien por cien personal e intransferible.